jueves, 16 de julio de 2009

LA MORISMA DE BRACHO



FRUTO BRILLANTE DEL MESTIZAJE


Herodes había aprendido a Juan, le había encadenado y puesto en la cárcel, por causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo. Porque Juan le decía: No te es lícito tenerla.


Y aunque quería matarle, temió a la gente, porque le tenían por profeta. Mas llegado el cumpleaños de Herodes, la hija de Herodías danzó en medio de todos gustando tanto a Herodes, que éste le prometió bajo juramento darle lo que pidiese. Ella, instigada por su madre, -dame aquí,- dijo, -en una bandeja, la cabeza de Juan el Bautista.


Ésta es la manera en que el Evangelio de San Mateo nos cuenta el trágico final de San Juan Bautista, primo hermano y precursor de Jesucristo, cuyo nacimiento, al igual que el del Mesías, también fuera anunciado por el arcángel Gabriel.

El citado episodio de las Escrituras se ha convertido en uno de los más influyentes dentro del arte occidental —¿cómo no traer a la memoria la danza de los siete velos de Salomé, la hija de Herodías?-.



Flaubert, Óscar Wilde, Richard Strauss y varios pintores de la corriente simbolista del siglo XIX han retomado el citado pasaje bíblico en virtud de los elementos tan antagónicos y atractivos que posee: inocencia/lujuria, la muerte de un justo a manos de la injusticia de los poderosos. Dicotomía que en la morisma de Bracho se transforma en musulmanes contra cristianos.

La morisma es un evento anual llevado a cabo por la Cofradía de San Juan Bautista, no en el día en que se festeja el natalicio de su patrono (24 de junio), sino en el de su martirio (29 de agosto) que es, según las enseñanzas del Cristianismo, el del verdadero nacimiento de un ser humano en el Reino de los Cielos. Es, precisamente, en esa otra realidad donde se encuentra el espectador hacia quien va dirigida esta monumental puesta en escena que dura cuatro días e involucra a miles de actores. Nos referimos, por supuesto, a la Divinidad.


Según algunos documentos, esta tradición empezó en 1848, lo cual explicaría el intenso aire marcial que impregna esta festividad, así como ciertos uniformes que lucen algunos de los participantes, ya que, por esas fechas, en varias partes de México se preparaban milicias cívicas destinadas a defender el territorio nacional de los invasores estadounidenses. De hecho, uno de los aspectos más impresionantes de la morisma de Bracho son las bandas de guerra, compuestas hasta por 800 integrantes y cuya maestría en la interpretación de acordes militares les hace que sean solicitadas, durante el resto del año, en infinidad de eventos cívicos.


Las fiestas de moros y cristianos se originaron a finales de la Edad Media en España, cuando la Reconquista estaba llegando a su fin, el cual sería marcado por la conquista del reino nazarí de Granada, en 1492. En tales festividades se vuelven a escenificar ciertos sucesos de tan colosal contienda, sobre todo aquéllos donde la victoria del bando cristiano se debió a la intervención de algún santo patrono guerrero, que puede ser el apóstol Santiago o San Jorge, como es el caso de la fiesta que se celebra los días 22, 23 y 24 de abril en la localidad española de Alcoy (provincia de Alicante), y que conmemora la intervención del citado santo en una batalla del año de 1275.


Es por ello que, cuando se establece la Nueva España, los peninsulares retoman dichos eventos para agradecer su triunfo sobre los naturales de estas tierras. Sin embargo, con el transcurso del tiempo, las fiestas de moros y cristianos fueron protagonizadas, cada vez más, por indígenas y mestizos, siendo relegadas por los emigrantes europeos y las elites acriolladas, sin duda por la influencia de las ideas de la Ilustración, que veían a las festividades religiosas como un lastre del pasado, totalmente inútil en la era del nuevo dios: la Razón.


Empero, las ideas modernas no hicieron mucha mella en la población de lugares como Zacatecas, donde la gente aprendió a adaptar sus creencias e instituciones —algunas de las cuales, como la cofradía, eran procedentes, asimismo, de la época medieval— a los nuevos tiempos. Prueba de ello es el carácter tan heterodoxo de la morisma de Bracho, donde podemos encontrar desde centuriones romanos —debido a que muchos participantes de la morisma también lo eran de las representaciones de la Pasión de Cristo— hasta zuavos del efímero imperio de Maximiliano. Todos ellos conviviendo con emperadores a caballo que dicen sus diálogos a través de micrófonos inalámbricos.


Y el hecho de que la morisma de Zacatecas se oriente hacia San Juan Bautista, en vez de Santiago Apóstol o San Jorge, como en España, representa, por sí mismo, un fenómeno de gran contenido cultural. Como apuntamos en un principio, San Gabriel Arcángel tuvo un papel preponderante en el nacimiento del Bautista, quien, por este hecho, es venerado con bastante devoción por los musulmanes. Lo anterior se debe a que fue el mismo San Gabriel el que reveló El Corán a Mahoma. Por todo ello, los restos del precursor de Jesucristo se encuentran en la gran mezquita de los Omeyas, en Damasco. Son estas sagradas reliquias, según la trama de la morisma de Bracho, uno de los motivos fundamentales del conflicto entre cristianos y musulmanes.


Efectivamente, durante la festividad asistimos a tres narraciones o coloquios: la primera se refiere al martirio en sí de San Juan Bautista, mientras que la segunda se refiere a los doce pares de Francia, episodio proveniente de la epopeya del ciclo carolingio sobre Roldán, uno de los momentos cumbres de la literatura medieval. El tercer coloquio está basado en ciertos sucesos históricos registrados durante el reinado de Felipe II, los cuales pueden considerarse como un epílogo a la Reconquista de la península ibérica, puesto que fueron protagonizados por españoles de ascendencia musulmana —los moriscos— que se rebelaron contra los abusos de la corte española, al tiempo que recibían apoyo militar de los otomanos, quienes intentaban imponer su hegemonía en el Mediterráneo, hasta que fueron detenidos por Juan de Austria —hermano bastardo de Felipe II— en la batalla naval de Lepanto.


Según el antropólogo Alfonso Alfaro, esta última narración era la única que se representaba cuando comenzaron las festividades de Bracho, lo cual puede resultar lógico si consideramos que fue el propio Felipe II quien brindó el título de ciudad a Zacatecas —además de que en la morisma sale mejor librado de lo que nos cuenta la Historia—. En el coloquio, Juan de Austria cae prisionero de los musulmanes, por lo que debe ser rescatado por un intrépido Felipe II acompañado por una figura totalmente ficticia, Alonso de Guzmán. Empero, de manera histórica, las cosas ocurrieron de otra forma. La personalidad de Juan de Austria siempre se ha opuesto a la de su hermano Felipe II, saliendo beneficiado el primero. El gran público alaba las hazañas del vencedor de Lepanto mientras que percibe en el monarca a un hombre huraño y triste, encerrado en El Escorial.


Sin duda que todo lo anterior puede llevarnos a preguntar: ¿qué hace esta morisma en una tierra donde nunca ha habido moros y, mucho menos, alguna ocasión de enfrentamiento con ellos? Es pertinente recordar que, para la época en que son introducidas las fiestas de moros y cristianos, los habitantes autóctonos de estas regiones se encuentran en medio de un gran trauma histórico: no son sólo ellos quienes fueron vencidos por los conquistadores, sino también sus dioses y, con ellos, toda su concepción cosmogónica.


Tal vez por esto, cuando percibieron el carácter lúdico y la riqueza expresiva de las morismas, puede que se hayan encontrado ante una metáfora de la conquista a través de un medio que les permitía, merced a la participación escénica, una especie de catarsis, una salida para todos los conflictos que llevaban dentro. Como dice el citado Alfonso Alfaro: La morisma de Bracho es una fiesta espléndida, nacida del choque y del encuentro, de la adaptación y de la mezcla. Es un fruto brillante del mestizaje, que fue una de las más originales aportaciones de este país a los modelos de convivencia humana, y que hoy se encuentra cada vez más amenazado por las tendencias a la fragmentación étnica de un espacio cultural común que se fue construyendo con tantas vicisitudes a lo largo de medio milenio.


Esto último reviste trascendental importancia en vista del contexto mundial que vivimos hoy en día, donde se escuchan voces que alientan a una nueva guerra santa contra el mundo musulmán. A este respecto, resulta pertinente notar cómo los moros presentes en las festividades de Bracho tienen las mismas virtudes que sus contrapartes cristianas: honor, valentía, coraje. Porque, a fin de cuentas, en cualquiera de los dos bandos de la morisma se le rinde igual devoción a San Juan Bautista, espectador privilegiado de esta monumental puesta en escena.